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El enigmático robo de La Gioconda en el Museo del Louvre te dejará con la boca abierta

Un robo histórico que dejó al mundo perplejo

Son las 7 de la mañana del lunes 21 de agosto de 1911. Vincenzo Peruggia, un joven italiano afincado en París, entra en el Museo del Louvre ataviado con la clásica bata de color blanco que caracteriza a los trabajadores de este museo. Si algún guardia de seguridad lo reconoce, desde luego no parece recordar que Peruggia dejó su puesto hace un par de semanas por razones no del todo claras. Su plan, nada menos que colarse en la institución artística más respetada de toda Francia durante una de esas escasas jornadas en que se cierra al público para realizar labores de mantenimiento, sale a pedir de boca. Una vez dentro, el ex-empleado se dirige al Salón Carré, donde se coloca frente a frente con la razón por la que está hoy aquí. Vincenzo Peruggia ha entrado de nuevo al Louvre para robar la Mona Lisa. Cosa que consigue, por cierto. Con suma facilidad.

El robo que sorprendió al mundo

Hoy en día, la idea nos resulta completamente disparatada: hablamos de una obra pictórica instantáneamente reconocible a escala internacional que, a principios de los años sesenta, llegó a ser asegurada por nada menos que cien millones de dólares (es decir, unos mil millones de ahora). Desde 2005, La Gioconda se exhibe en una zona apartada y climatizada de la Salle des États, tras un cristal antibalas e iluminada con una lámpara LED especialmente diseñada para minimizar el impacto de los rayos infrarrojos y ultravioleta sobre su superficie. Las colas de turistas que, cámara o móvil en mano, se forman cada día a su alrededor convierten la historia de Peruggia, quien había ayudado a instalar la fina pantalla de cristal que la protegía por entonces, en algo difícil de procesar para nuestros cerebros modernos, pero lo cierto es que ocurrió: el ladrón no tuvo más que descolgarla, sacarla de su marco, esconderla bajo su bata y salir por la misma puerta por la que había entrado. Nadie vio cómo lo hacía, no sonó ninguna alarma. De hecho, pasaron más de 24 horas hasta que un ilustre visitante del Louvre, el pintor Louis Béroud, la echó en falta durante su paseo por el Salón Carré, lo cual nos indica que, como mínimo, la Mona Lisa no era tan popular hace más de 110 años.

Los motivos detrás del robo

Peruggia confesó más adelante haber actuado por motivos estricta y exaltádamente patrióticos: dado que Leonardo Da Vinci pintó el cuadro en plena Florencia renacentista, su impresión (que no se molestó en corroborar) era que formaba parte del expolio que las tropas napoleónicas perpetraron en Venecia más de trescientos años después, cuando lo cierto es que el propio Da Vinci se lo había regalado al rey Francisco I en el siglo XVI, cuando se mudó a Francia para trabajar como pintor de su corte. En las cartas que enviaba a su familia, el ladrón hacía referencias crípticas a la posibilidad de que su fortuna cambiase de la noche a la mañana, luego es evidente que también pensara sacar una buena tajada mientras devolvía un tesoro nacional a su tierra. El problema era que no sabía exactamente cómo proceder: dos años pasó la Gioconda guardada en un arcón de su piso parisino, probablemente a la espera de que el revuelo mediático que había provocado su desaparición se enfriase un poco.

El regreso de La Gioconda

Gracias a este robo, la Mona Lisa pasó de ser un retrato más a transformarse en la clase de cause célèbre que copa portadas de periódicos y sedimenta para siempre una enigmática sonrisa en la mente del gran público. La rumorología morbosa se descontroló tanto que la policía llegó a arrestar al poeta Guillaume Apollinaire como sospechoso, y este a su vez implicó a su amigo Pablo Picasso. Mientras, el verdadero culpable no se atrevía a hacer un solo movimiento y, de vez en cuando, sacaba a la dama de su baúl para admirar su esquiva belleza.

En 1913, Peruggia decidió que ya no podía esperar más, por lo que volvió a su Florencia natal y se puso en contacto con Mario Fratelli, propietario de una galería en la ciudad. Cuando le explicó sus intenciones y se pusieron de acuerdo en el tema de la recompensa, Fratelli llamó a Giovanni Poggi, director de los Uffizi y encargado de autentificar el botín que tenían entre manos. Fue entonces cuando Peruggia cometió su único gran error: acceder a que Poggi conservara la Mona Lisa en su caja fuerte mientras lo preparaba todo para anunciar al mundo su regreso… cuando realmente lo primero que hizo fue llamar a la policía. La Gioconda protagonizó entonces una breve gira por museos italianos antes de regresar al Louvre convertida en una de las obras de arte más famosas del mundo, lo cual sin duda fue un factor determinante en el proceso judicial al que se enfrentó su ladrón. Solo así se puede explicar la increíblemente benévola pena de un año y quince días de cárcel que recayó sobre un Vincenzo Peruggia que, en cualquier caso, acabaría cumpliendo solo los siete primeros meses. Nadie quiso ser excesivamente duro con un verdadero fratello d’Italia, en otras palabras.

Un destino irónico

Nada como desaparecer durante un par de años para que te echen de menos, aunque las ironías del destino quisieron que Peruggia comprobase esa teoría en sus propias carnes cuando, tras alistarse en el ejército italiano para servir en la Primera Guerra Mundial, pasó como prisionero de Austria-Hungría exactamente el mismo periodo de tiempo que él tuvo retenida a la Mona Lisa. Tras su liberación, formó una familia y regresó a Francia, donde se ganó la vida como pintor hasta el mismo día de su muerte. Su acción de fervor nacionalista mal dirigido es hoy motivo de leyenda e incluso referencia pop, como demuestra el primer episodio de la serie Lupin (Netflix), donde el famoso delincuente de ficción pone en práctica su método de colarse en el Louvre como un trabajador más. Eso sí: desde GQ no recomendamos que lo intentes tú también.

Maria Cruzado
Maria Cruzado

Soy María Cruzado, redactora de AhoraOcio.com. Soy graduada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y tengo experiencia en medios digitales y impresos. Además de mi pasión por escribir, me encanta viajar y conocer nuevas culturas, leer novelas históricas y ver películas clásicas. También tengo habilidades en edición de video y diseño gráfico. Me encanta la música indie y el café con un buen libro. Siempre estoy en busca de nuevas aventuras y aprendizajes en el mundo de la comunicación.

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